— ¡A que no me ganas!—, le gritó Tico, el de Las Marías, a Papo Estefanía, al tiempo que le mostraba una larga bambúa, garrocha utilizada por los chicos para jugar al salto con pértiga.

— ¿Por qué no lo dejas para el sábado?  Te traes un equipo de Las Marías y hacemos unas competencias,— respondió Papo, desde las escaleras del Malecón.

–Muy bien. Invita a los de Borinquen y con los chicos de la Ciudad Perdida y de Las Marías hagamos unas triangulares,— respondió Tico.

—Nos vemos el sábado.—

Al llegar el sábado, los equipos compuestos por muchachos de las tres barriadas desfilaron por el malecón simulando la vistosidad del desfile realizado al inicio de las Justas Triangulares entre escuelas superiores de Ponce, Yauco y Salinas.  Desfilaban mirando entusiasmados hacia el improvisado estadio en el Río Niguas, que brillaba debido al sedimento de arenas mineralizadas con azufre y piedra caliza que dejó al descubierto la sequía. Seguían en marcha detrás de “Putuca”, que siempre se ofrecía de voluntaria para ser la reina del desfile.

ninos2b1Era un verano cálido. En época de sequía el río quedaba hecho un desierto. En aquel desértico lecho, los niños se reunieron a jugar pelota, boxear, correr y luchar sobre unos cartones y realizar sus triangulares en aquel estadio olímpico improvisado.

    Las vallas estaban hechas de alfajías de dos por cuatro, cortadas a una altura de cuatro pies. En el lugar donde se brincaba el salto a lo largo y el triple salto se ponían dos tablones de dos por ocho y se aterrizaba en la arena que se compactaba con la pala que trajo Mayo. Para el salto con pértiga, se usaban dos bambúas con una hilera de clavitos para sostener la vara, separados unos de otros a una distancia de seis pulgadas, hasta llegar a los nueve pies. El tiro de bala era de verdad, se utilizaba un cañón de la Guerra Hispanoamericana que se encontró Papo Estefanía en Las Joyas.

    En aquel tiempo, como no había muchos comerciantes que auspiciaran los uniformes para competencias clandestinas, la escasez forzaba a competir en calzoncillos y camisetas. Algunos competían sin camisa. Las zapatillas de todos los atletas eran de cuero: las plantas de los pies curtidas por el asfalto y las piedras calientes del río.

    El evento se inició con la convocatoria de los líderes, en este caso, Papo Estefanía y Tico, porque fueron los que organizaron el evento. Después de quedar de acuerdo con las reglas dio comienzo el evento con lucha libre.

    Guisín, el más gordito del barrio, fue embarrado con aceite Mazola para que el contrincante, Coquito, no le hiciera la llave tilson. Cada vez que el adversario trataba de agarrar a Guisín este se le escapaba como un anguila. La competencia terminó empate, porque los dos estaban tan resbalosos que no podían agarrarse. Ambos terminaron cual panaderos, pero cubiertos de polvo y tierra en vez de harina.

— ¡Por ahí viene Dora con la correa!— exclamó René, uno de los corredores de 100 metros. Ese día, Guisín rompió record corriendo desde el río hasta el Malecón.

    El segundo evento fue la carrera con vallas.

— ¡En sus marcas listos fueraaa!—

Al comenzar la carrera, nuestro mejor atleta le pegó con la rodilla al tablón dos por cuatro y le mentó la madre al que fabricó las vallas.” Guango” salió corriendo al ver al adolorido “Jalata” enfurecido.

    Las esperanzas del equipo de la Ciudad Perdida eran ver a René ganar los 100 metros. Cuando sonó el petardo los muchachos corrieron desbocados por la arena. A René, que iba en la delantera, se le mando detrás el apestoso cabro de Concha. Nuestro atleta pagaba las millas a vellón. Se fue para su casa asustado sin recibir su presea: una canequita de mabí hecho en casa de doña Susa.

    El salto de pértiga era de lo más emocionante.  El evento casi siempre lo ganaba el que tuviera la bambúa más alta. Tico, el de Las Marías, había desmochado una pértiga de once pies.

Era su primer intento. Aquel niño enclenque se desaparecía al final de la vara.

— ¡Chijí, chijá, chijá, ja, ja, Tico,Tico, ganaráááá!  — gritaban las chicas de Las Marías.

    La pértiga pesaba más que el atleta. Como era tan pesada, al insertarse en el hoyo de impulso, elevó al chico a una altura de ocho pies pero, en vez de saltar la vara, cayó en unas tunas espinosas. El evento se detuvo como quince minutos, tiempo que tardó sacarle las espinas al pertiguista. A pesar del dolor, Tico no se dio por vencido.

    El segundo intento fue de Caminero. Éste logró pasar los ocho pies, a pesar de que su garrocha medía solo siete pies. El público permaneció silencioso antes de reconocer el nuevo récord. Las chicas del Malecón comenzaron sus chijís chijás y algunas bailaban el “matarile rile rón”.

El último intento le tocó a Tico. Cuando engarzó la pértiga en el hoyo se fue para atrás, cayendo al suelo perdiendo la competencia. Le pidieron al Caminero que repitiera el salto que le dio el triunfo.  El atleta del Malecón salió a toda velocidad para tomar impulso, pero cuando enterró la pértiga en el hoyo, ésta se partió en el aire y un pedazo casi fue a tener a la barriada Borinquen. La canequita de mabí ese día fue doble.

    La última competencia fue el boxeo. Todos estaban ansiosos porque terminara el último evento que daría final a las triangulares y decidiría al campeón, ya que valía diez puntos. Los contrincantes eran los organizadores, Papo Estefanía versus Tico.

— ¡Traigan los guantes!—, dijo Hectitor, el réferi, quien fuera importado del solar con palos de mangós de los Bonillas.

Los guantes estaban hechos de fundas de arroz Sello Rojo llenos de la guata de una vieja colchoneta, que estaba tirada a la orilla del río. Se los amarraron con unas tiras. Cuando estaban listos, sonó la campana: una olla vieja de hacer arroz. En el primer round, los dos boxeadores se estudiaban. Fue un baile que impedía que los barre campos llegaran a las barbillas. Cuando comenzó el segundo round empezaron a bailar de nuevo, pero el réferi detuvo el combate para ponerles una pajita en las orejas.

— ¡Al primero que se le caiga la pajita le mientan la madre!—

Papo, que era rápido, le tumbó la pajita a Tico, pero a la misma vez recibió un contundente puño en un ojo. De pronto se oyeron como cien burrunazos y la guata volaba por los cielos. Los chicos de cada equipo que estaban de espectadores rompieron a pelear también. Las chicas gritaban a todo pulmón sus chijís, chijás y se formó un titingó. Después de terminar el evento, se calmaron. Todos hicieron las paces y celebraron con el mabí que había hecho doña Susa. Así terminaron las triangulares del Río Niguas, hasta otro año de sequía.

 02/22/2009                                                                                                                  

©  2009  Edwin Ferrer