Pasadas las doce de la noche, la sirena de una ambulancia que bajaba por la calle de Cayey escoltada por la policía, opacó el sabroso compás de la música de Cortijo y su Combo, que a la sazón interpretaba, en voz de Ismael Rivera, el Negrito Bembón.

Dobló la esquina de La Maricutana en prácticamente dos ruedas y enfiló a mayor velocidad por la calle Unión, camino al histórico Hospital Municipal de Salinas, lugar singular especializado en abrir y cerrar ojos en aquel entonces.

El pasoambulance del vehículo de emergencias dejó entre los que se gozaban las fiestas patronales en honor a la Virgen de La Monserrate, una mezcla de asombro y dudas.

El caso es que entre los acordes de Cortijo y la sirena de la ambulancia se produjo un silencio sepulcral, propio de estos acontecimientos en un PUEBLO como Salinas.  Pero, seguido al silencio y las caras de preocupación y de asombro de algunos festejantes, comenzó un susurro bochinchero repleto de las más descabelladas especulaciones. Entre los que bebían ron y cerveza en los kioscos contiguos de la Fraternidad Eta Epsilon Sigma y del Club Salinas, surgió el esperado chismorreo. Unos apostaban a que se trataba de alguien en articulo mortis, pues notaron que la ambulancia la guiaba Tito Cuto, que poseía fama de tener afán por llegar y salir rápido de las escenas de peligro, desde y hacia el hospital. Otros argumentaban que se trataba de una mujer con dolores de parto en dirección segura a la Sala de Parturientas, donde la esperaba la famosa y a veces temida BURRA.

Lo cierto es que la noticia corrió como pólvora. Los velones de enfermeras enfermas recibieron la primicia de éstas y se la pasaron a los que compraban en la panadería de Pepe Vélez, entonces de Paquín Carreras. Éstos a su vez, se la transmitieron a los que estaban en  el prostíbulo El Gallo. De aquí pasó al conocimiento de los que estaban en el salón de baile El Patio, de doña Cruz Álvarez y rápido se regó hasta La Españolita de Juan López,  y seguido a La Mascota de  los hermanos Servando, Guillo y Felo Colón. Luego llegó a los que estaban en La Maricutana, de doña María Sanito, y rápido a los que estaban bebiendo en El Choferito de Cruz Romero. En un santiamén voló a los kioscos de las fiestas patronales, quiere decir, por toda la plaza pública y entonces a la tarima de las fiestas donde se encontraban los maestros de ceremonias Julio Navarro y José Vázquez Vélez, conocido como Bisbol.

–¿Qué pasó? ¿Qué pasó?–

El drama en el hospital era de película. Nada más y nada menos que al Juez del Pueblo, quien gustaba de padecer de cuanta enfermedad se le antojaba imaginar, le asaltó la idea de que se estaba muriendo aquella noche de la fiesta de la Patrona del Pueblo.

Desde su casa hizo llamar a la ambulancia y a la policía para que lo escoltaran al hospital. Una vez allí, dio órdenes para que trajeran a su lecho de muerte al doctor Juan Cardona, el director médico del hospital, para que personalmente le prestara los últimos auxilios. Luego requirió la presencia de Saturno Díaz, administrador del hospital, para que le proveyera los mejores cuidados en su lecho de muerte. Seguidamente, exigió la presencia del farmacéutico del pueblo, don Pedro Regalado Lugo, para que estuviera presto a conseguir los medicamentos que le prescribiera el médico. Pidió que consiguieran al alcalde Silito Godreau, para que le sirviera de testigo en el testamento que pretendía  prestar en articulo mortis y al licenciado Godreau para que actuara de notario. Mientras, gritaba de forma desgarradora –“¡Me muero!, ¡Me muero!, ¡Me Muero!,”– imploraba por la presencia del cura del pueblo, el Padre Torres, para que le administrara los últimos oleos y la confesión final.

Mientras esta enorme convocatoria por su condición terminal ocurría, decenas de personas se habían reunido en la calle y aceras frente al hospital y con rostros de incredulidad trataban de enterarse de lo que estaba ocurriendo en la atestada sala de emergencia.

La noticia se redujo a lo más sencillo:

–¿Qué está pasando? ¿Pero qué está pasando?–

–El Juez se está muriendo en el hospital.–

–El juez se está muriendo.–

El doctor Cardona no pudo descifrar el horrible padecimiento y optó por referirlo al Hospital de Distrito de Ponce. Ante esa determinación y su inminente muerte el Juez, una vez en la ambulancia, exigió que le dieran una vuelta por la plaza, para despedirse del pueblo, debiéndolo seguir en sus vehículos las personas que había convocado para que presenciaran su deceso. Demás esta decir la gran confusión que se formó en los alrededores de la plaza. La sirena de la ambulancia de Tito Cuto pareció como sintonizar con el ambiente festivo y se oía como: uuuuaaaaaa, uuuuuuaaaaaaa, uuuuuuuuaaaa.

En la tarima se suscitó una tremenda discusión, pues alguien sugirió que debido a lo tétrico del momento y en solidaridad con el Juez, se suspendieran las fiestas patronales.

Un ceremonioso Julio Navarro hizo público por los altoparlantes lo que ya era conocimiento de todos:

—Debo informarles que las sirenas que escuchan anuncian que el Juez del Pueblo se está  muriendo.–

Sucedió entonces lo inesperado. Un borracho que se había trepado a la tarima gritó enloquecido:

–¡PUES QUE SE JOOOOODAAAA! —

Seguidamente, Cortijo entonó los acordes de Suelten el chivo de la campana y la fiesta siguió como si nada.  Ismael Rivera y un joven Representante a la Cámara, cantaban la sabrosa melodía que hizo las delicias de la concurrencia:

–¡Chivito dice BEEE!, ¡Chivito dice BEEE!,– gorjeaba el jovenzuelo.

A los pocos días se supo que el juez lo que tenía era pujos y se salvó con un enema de jabón de castilla.

© Dante A. Rodríguez Sosa, 2009