Se despertó Caperucita Roja en una lujosa alcoba, rodeada de Siete Enanitos, que asombrados, le ofrecían unas sopas hechas por Mamá Oso, mientras Papá Oso consolaba al Bebé Oso que a gritos reclamaba su comida.

–¿Qué me sucedió?– preguntó Caperucita.

–¡Al fin despiertas!– dijo Gruñón.

–Eso te pasa por aceptar regalos de personas extrañas.  La bruja esa malvada te dio una manzana envenenadacuentos y si no es porque Cenicienta entra al castillo a cambiar de zapatos, ¡te lleva la pelona!–

–¿Cómo es posible?, no era una extraña…es mi madrastra.  Entonces, ¿Cenicienta me salvó?–

–Cenicienta iba a salir con el Lobo Feroz, pero los zapatos le molestaban. Fue entonces cuando volvió al castillo a cambiarse y escuchó tus quejidos. Avisó al Lobo quien a su vez informó a los Siete Enanitos por aquello de que corriéramos la voz.  Al enterarse La Liebre y La Tortuga, en carrera fueron donde Los Tres Osos porque Mamá Osa tiene unas sopas maravillosas que podían aliviar tu mal. Cenicienta llamó a las Hadas Madrinas y le cambió su noche de baile por tu sanación, total que el Príncipe a ella no le agradaba tanto como el Lobo Feroz. Así es como las Hadas Madrinas te salvan.–

–Estoy muy agradecida de todos. ¿Dónde están las Hadas Madrinas? ¡Quiero verlas!–

–Ahora no será posible. Como Cenicienta renunció a su noche de baile ellas se fueron en el carruaje y hasta las doce no regresan. De lo contrario, el carruaje se le convierte en calabaza y los caballos en ratas.–

–Qué corazón tan noble el de Cenicienta, quiero agradecerle…–

–Más tarde. Anda con el Lobo Feroz en un barco de Piratas. ¡A esa sata lo que le gusta es la aventura!–

–¡Gracias a todos!–

–¿Gracias por qué? Yo estaba esperando mi turno para darte un beso en la mejilla, porque Los Tres Cerditos nos dijeron que sólo así se rompería el hechizo para que tú despertaras y las majaderas Hadas Madrinas vinieron a fastidiarlo todo.–

–Yo te daré el beso en la mejilla a ti Gruñón. Cuidaron de mí… ¡muá!–

En ese instante y a la vista de todos, Gruñón se convirtió en sapo.  Ya no son Siete Enanitos, ahora son sólo seis.  Uno de los Tres Cerditos que estaba cerca se alejó temeroso de correr la misma suerte.

–¡Demonios! Este cuento tiene que tener un final feliz, ¡mira en lo que me has convertido! Si por lo menos fuese Coquí tendría la gracia del canto y el orgullo boricua… ¿pero sapo?–

De repente irrumpe en la habitación una niña con unos rizos tan dorados como el sol.  Si, adivinaron. Era Rizos de Oro, quien acompañada de La Abuelita de Caperucita, traían un baúl cerrado.

–Hija mía, en este baúl están todos los cuentos, sólo tienes que ordenarlos y cada cual volverá a su lugar. La Madrastra que te dio la manzana con veneno no te buscaba a ti, sino a Blanca Nieves, que se perdió en el bosque y me encontró enferma antes de que llegara el Lobo. Las sopas no eran para ti, son para Rizos de Oro que visitara la casa de los Trescuentos1 Osos. Los Enanitos siempre serán siete, así es que en lugar de besar a Gruñón, dale una trompetilla en el cachete para que deje de ser sapo. El Sapo a su tiempo será Príncipe, y esas Hadas Madrinas parranderas que vuelvan ya, el Príncipe le pondrá el zapato a Cenicienta, La Tortuga y La Liebre igual que Los Tres Cerditos también regresarán a sus páginas.

–Entonces abuelita, ¿qué ha sido todo esto, un sueño?–

–No hija mía, es la aventura de una imaginación atrevida. La palabra, mi pequeña, es libre. Allá, al otro lado hay mentes que pasan días tejiendo historias y lo magnífico es que no hay límites para lo que quieras ser… Hoy Caperucita, mañana El Gato con Botas, o Juan Bobo, que más da, si la vida es una y tienes todas las opciones ante ti.–

–No te entiendo…–

–No hay nada que entender, sólo vive. No importa el libreto que tengas, siempre puedes escribir una historia nueva.–

–Abuelita, ¡qué sabiduría la tuya!–

–Hija, por algo he vivido tanto.–

–¡Abuela, no te vayas, espera olvidé preguntarte! Y el Lobo Feroz… ¿qué pasó, dónde está, a qué le pertenece?–

–¡Con el Lobo me quedo yo, que más sabe el diablo por viejo que por diablo! Además, este cuento es mío, por eso me guardé el final. ¡Ja!–

©Marinin Torregrosa Sánchez

Marnin TorregrosaLa autora es una trabajadora especializada en administración de empresas y madre de dos hijas.  Ha trabajado tanto en el servicio público como en la empresa privada. Sus estudios primarios los realizó en Salinas, su pueblo natal, y los universitarios en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. Laboró para una empresa de servicios fotográficos en una megatienda internacional con sucursales en Puerto Rico. La fotografía infantil ocupa un lugar prominente dentro de sus labores diarias. Nació en el desaparecido hospital de la Central Aguirre de Salinas en 1956 y es la hija menor de 7 hijos, del matrimonio de  Ramón Torregrosa Díaz y Ramona Sánchez Rodríguez. Entre sus lecturas habituales tiene como preferencia la obra de Isabel Allende y Gabriel García Márquez.