Este tema de los cines de pueblo que inició Félix M. Ortiz Vizcarrondo en el artículo “Teatros y cines pueblerinos”, pica y se extiende. Y es que involucra muchísimos aspectos de la vida comunitaria de entonces. Tomemos como punto de partida que para la época a que me  refiero, no existía la televisión. Entonces, el cine era un verdadero centro de exhibicionismo en sociedad, mundo de encuentros amorosos y de citas prohibidas al amparo de una oscuridad relativa. Era también lugar de desahogo de tensiones y vamos, de aprendizaje por el contacto a que nos exponíamos, para bien o para mal, con temas bastante comprometedores. Fuera de eso, siempre me llamó la atención el ambiente festivo de los cines.

Aparte de  la terrible lucha que representaba adquirir una taquilla lo mas rápido posible, a fin de conseguir un asiento con buena ubicación visual o estratégica, era de rigor comprar en las afueras del Teatro lo que consumiríamos durante la proyección. En la afueras del Teatro Monserrate se ubicaba un señor que se llamaba Don Teo, que era un maestro dulcero. Ese sí sabia de dulces. Lo mejor era comprar tirijalas porque duraban más tiempo y eran a dos chavos. Pero había marrayos, bolitas de coco, crispe, dulces de ajonjolí y muchos otros que no recuerdo en este momento. Era algo verdaderamente tradicional.Chiclets Adams Después fue que empezaron los chicleros con los chiclets Adams de fruta y de menta. Se vendían por un centavo. Fueron un verdadero problema. Cuando uno se sentaba y tapaba al de atrás, éste tomaba venganza espetándole un chicle en el pelo. Bastantes veces que mami tuvo que cortarme mazos de pelo para eliminar ese problema. Lo otro era que los tiraban al piso en Gallinero y cuando uno se sentaba, el chicle se quedaba pegado en el pantalón. Recuerdo una vez que Eliseo Gandures me pagó cinco centavos por ayudarlo a arrancar los chicles del Gallinero. Se usaba una paleta de enmasillar. Cuando terminamos de arrancar bastantes, él sacó tres carretillas y aun así el cemento del Gallinero estaba como si nada.

Sobre la taquilla y las taquilleras es bueno aclarar que, en los primeros años del cine, la taquilla era una vistosa glorieta que estaba fuera de las entradas al cine, que eran dos puertas, una de las cuales se mantenía cerrada antes de empezar la tanda y  sólo se abría para que saliera la gente al terminar la película. La boletería era toda de cristal y la taquillera lucía muy elegante y vistosa. Fue con el correr del tiempo que se eliminó y entonces se hizo la boletería por la parte interior. Para esa época fue que Chan trabajó de taquillera. Pero yo ni pensaba meterme en ese problema.

El orden en el Teatro siempre fue un problema. Por eso, siempre la policía tenía dos guardias al frente del cine. Primero por la guerra por las taquillas, segundo por los menores de edad cubiertos por el toque de queda, que era a las ocho de la noche y finalmente por las expresiones durante la película.

Era la época donde se gritaba de verdad. A veces había una escena en que alguien estaba cerca de un precipicio y al mismo tiempo alguien estaba escondido listo para empujarlo. Los gritos eran patéticos: “¡Salte, salte, salte que te van a empujar!” Otras veces se gritaba “Corre, corre ¡Corre que te cogen!

Hay dos casos verídicos que contaba Amadís Lugo. Trata de una época de Semana Santa en que durante toda la semana lo único que se exhibía era “La Morti Pasion”. Bajó de la montaña un jíbaro a ver esa película, como era su costumbre. Ocurre que la película no llegó a tiempo. La costumbre era pasarla en Guayama y cuando la terminaban, arrancaban para Salinas a proyectarla. Cheche hizo lo que pudo, pasando lo que llamaban prólogos, pero finalmente convencido de que la película no llegaría, comenzó a pasar una película de vaqueros. En un momento dado, los bandidos, que así se le llamaba a los malos, perseguían al muchacho. El jíbaro, en un momento de desesperación cuando parecían darle alcance, gritó a todo dar: “¡Arriba, Jesucristo, que este año vas a caballo, nadie te alcanza!” Para qué fue eso, la gente, confundida no encontraba qué pensar, aunque muchos optaron por reír entre dientes por la solemnidad de la época.

Rosa Carmina
Rosa Carmina

En otra ocasión se proyectaba una película mejicana del llamado “cine cabaretero” en la que debutaba relevantemente una cantante muy de moda de nombre Rosa Carmina, creo. Entró una persona borracha y todo estaba bien, pero a mitad de la  película se quedó dormido y despertó en el momento en que el público le pedía a la artista que intrepretara algunas de las canciones de moda que ella había popularizado, y el oía entre sueños: “¡Pecadora, Pecadora, Perdida, Perdida, Cabaretera, Cabaretera!” El borracho trasnochado se le arrancó a gritar a pulmón de ópera: “¡Puta Sucia, Puta Sucia!” La carcajada de la concurrencia fue memorable. Estos sucesos eran muy comunes, habida cuenta del grado de desarrollo social y educativo que tenía nuestro pueblo para ese momento.

A veces se suscitaban problemas colaterales que incidían en la buena marcha del cine. Este fue el caso de Osvaldo Atilano, el papá del Licenciado Atilano, dueño de una farmacia en el Barrio La Playa de Salinas actualmente. Él tenía un carro público y tuvo una disparidad con un policía de Guayama, que según Osvaldo, no tenía ninguna razón. Osvaldo, que tenía los mismos malos cascos de siempre, a su antojo, como colindante con el Teatro, a veces dejaba que personas vieran la película, de pie desde su patio, a través de una ventana del cine, que tenían que dejar abierta para que la gente no se muriera de calor. Esa noche, el policía trató de prohibir que eso se hiciera, sin saber que Osvaldo era el colindante. Recuerdo que Osvaldo le dijo a todos los que estaban allí: “¡Entren todos los que quieran, y usted policía, se me sale de aquí, que para entrar necesita una orden de allanamiento!” El policía se quedó calladito. Esa ventana siempre fue para los pelaos.

Hay muchos detalles más pero los dejo para otra ocasión.