Llegó a las cuatro de la mañana a la agencia pública. Miró a su alrededor y se apuntó en la lista. Su turno era el cuarenta. El acondicionador de aire no funcionaba y hacia un calor sofocante. El vaho expedido por algunos de los clientes era insoportable. La inconformidad se manifestaba en los presente con maldiciones y gritos estentóreos. Quiso explotar y decir una palabra obscena, pero se contuvo. 

Se sentó en una silla forrada en hermoso vinil amarillo a esperar su turno. Los empleados de la agencia gubernamental, al pasar por su lado, le decían que pronto lo atenderían.

Cuando lo llamaron, solo quedaba una mancha líquida en el hermoso vinil amarillo de la silla.

19 de julio de 2010

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa