Sorprendido como estoy con los comentarios valiosísimos de mis amigos, me animo a presentarles unas instancias personales que nutren con hechos reales cómo es la mejor vida que se vive.

Hace como tres años atrás, mis hermanos Sergio y Edelmiro, en compañía de Félix Ortiz y varios amigos más, dialogábamos en espera de la llegada del nuevo año en la casa de mi hermana Lola. Manoseábamos el tema de la gente de Salinas que se había desaparecido del pueblo sin dejar rastro conocido, y pasaban ya los más o menos los veinte años sin saber arte ni parte de ellos. Mencionábamos casos como el de los hermanos Fleet, Víctor Cabrera, Víctor Espendez, Ramoncito Girán y muchísimos otros. Algunas veces el comentario obligado era: “tiene que haberse muerto porque de vivir, pasaría de los 80, 90 o tal vez 100.

Relevantemente mencioné un caso que, contrario a otras personas, nadie se recordaba de quién era que estába hablando. Me refiero a Reinaldo Atilano, a quien cariñosamente le decíamos Topito; a ese no lo veía hacia más de treinta años. Era miembro de la conocida familia Atilano de Salinas. Había trabajado como maestro de artes industriales, pero como muchos boricuas, en busca de aventuras o de conocimientos, se trasladó a los Estados Unidos. Tal fue, en los años 20, el caso de mi abuelo materno, y creo que es el de Reinaldo.  Hay otros que se van porque no dan el grado para competir en la isla —pero ese es otro tema—  por cierto, delicado, controversial.  Lo escuché por primera vez en el 1968, de un líder comunitario en New York, de nombre Gaspar Delgado, que era de San Lorenzo, quien profetizó el crecimiento político, artístico y mafioso de los puertorriqueños en New York.

Con la llegada del nuevo año, el tema se disolvió entre el paroxismo de la gran celebración, que culminó prácticamente en horas de la mañana.

Varios días después, todavía en plena Navidad, me encontraba en la Plaza del Mercado de Salinas. ¿Y adivinen qué? Sí, el mismo en persona, no lo podía creer. Me quedé absorto, patidifuso, loco y sin ideas. Era el señor Reinaldo Atilano, vivito y coleando, todo un caballero sin afectaciones de clase alguna, las cuales razonablemente podía haber adquirido por su larga ausencia por “lejanas tierras”.  Lo percibí, lleno de vida, colosal y portentosamente con gran energía y buena presencia.

Luego de la consabida rememoración de tantos y tantos buenos momentos, y de que cual Rip Van Winkle, expresara su sorpresa por los cambios físicos ocurridos en el pueblo, le hice la misma pregunta que siempre hago en estos casos:

— “Oye Rey, ven acá: ¿cuántos años tú tienes?”

— “Ochenta y tres.”

Le pedí entonces que me dijera su secreto para conservarse tan jovial y en salud. Sin pensarlo dos veces, sin titubeos y con gran seguridad contestó lacónicamente:

—”YO NO PIENSO EN NÁ.”

Me quedé atónito, totalmente sorprendido por su respuesta, al recordar a otro amigo, ya fallecido hace un par de años. Me refiero a don Pedro García Rodríguez, natural de Coamo, pero que hizo su vida en Santa Isabel; comerciante talentoso que apenas sabía leer y escribir. Fui su abogado desde que comencé a ejercer la profesión en 19 de junio de 1967.

A los 77 años estableció una panadería en la calle Luis Muñoz Rivera de Salinas, muy cerca del Cuartel de la Policía y donde hoy ubica la Mueblería Martínez.

Pedro me contó que una joven empleada que reclutó, quiso, en aparente  previsión, guardar una cierta distancia de su persona, sin que él le diera motivos o razón alguna para ello. Fue así que sin contexto de referencia ni motivo alguno le expresó:

— “A mí no me gustan los viejos.”

Pedro, que era un as en atender los asuntos personalísimos, ni corto ni perezoso le ripostó:

—”A mí no me gustan las jóvenes como tú.”

¡Pa qué fue eso! Hay lenguajes sencillos y directos que impactan. La joven, por cierto muy bonita, buena moza, siguió trabajando en la panadería, pero cada día que pasaba era evidente para Pedro que ella, por alguna razón había cambiado de opinión en cuanto a él, al punto de que ella lo sedujo, e iniciaron una relación amorosa que con el correr del tiempo culminó en matrimonio.

Pedro le compró una casa en el barrio Coco Nuevo de Salinas, en donde vivieron por muchos años. Cuando Pedro cerró la panadería, desconocía por qué motivo ella se fue a vivir con una hermana a la Florida, aunque mantenía siempre una constante comunicación con su esposo.

Le celebré el cumpleaños 93 a Pedro en mi casa de la urbanización Salimar en Salinas, y ya tenía más de 10 años de casado con la joven. Después de eso, pasaron como dos meses y un buen día recibo una llamada de Pedro desde la Florida. Me dice Pedro:

—”Tuve que venirme para acá a insistencias de la mujer. Tú sabes que a mí donde me gusta vivir es en Puerto Rico, pero ella quiere acá por la cuestión de los médicos y hospitales. Tendré que quedarme porque quiere comprar una casa. Te estoy llamando para preguntarte:

Me aprobaron el financiamiento de la casa para 30 años. ¿Hay algún problema con eso?”

No me costó otra cosa que echar una sonora carcajada y decirle que no bromeara conmigo, pues yo entendía de sobra que él sabía más que yo de eso. A fin de cuentas, se hizo de su casa. Un día mientras se bañaba en la piscina, rayando los 100, se cortó un pie y como era diabético desde 1944, se le infectó. Determinó venirse para Puerto Rico y acá le cortaron la pierna; luego le cortaron la otra. Vivía en el barrio Coquí de Salinas y yo le llevaba a su hogar el médico, que era el doctor Felipe Díaz Delgado. Estaba postrado, pero muy contento y feliz de la vida, por lo que cuando lo visitaba, mi sensación siempre fue de asombro, ante la ejemplaridad de su existencia.

En ocasión de mi última visita, cuando evidentemente el desenlace estaba cerca, hablábamos brincando de tema en tema: problemas sociales, sus hijos, religión, política. Ese era su tema favorito; recordaba todo con pasmosa lucidez: nombres, fechas, lugares, anécdotas, triunfos, derrotas y esperanzas.

Yo notaba que Pedro, mientras me hablaba se pasaba por el pelo un cepillo y se limpiaba la cara con un pañuelo, de forma muy insistente. No le di ninguna importancia ni significado a eso. Entonces le pregunté a Pedro cómo había logrado mantener su jovialidad, su espíritu de lucha, sobre todo, llegar a los 100 no obstante a su problema de diabetes. Su contestación fue:

—”YO NO PIENSO EN NADA.”

Y añadió:  “¡Cuando es a dormir es a dormir!”

De otra parte, yo notaba que Pedro, no obstante estar en su hora suprema, me pedía que lo levantara. Subí el espaldar de la cama lo más recto que pude y le coloqué dos almohadas en la espalda. Así quedo prácticamente erecto. Continuamos el diálogo, cuando de momento tocan a la puerta y Pedro le dice con voz fuerte a su hija: “Están tocando a la puerta, abre.”

No le di ninguna importancia al asunto, más allá de notar que Pedro seguía insistentemente peinándose, lo que yo interpretaba como rascándose la cabeza.

En un santiamén, como por arte de magia, fui testigo de uno de los momentos más emotivos de mi vida. La joven esposa de Pedro hizo su tempestiva entrada al cuarto, y envuelta en lágrimas, llanto y dolor, se le fue encima, y gritando le repetía: “¡te amo, te amo, tú sabes que te amo!”

Pedro, le decía: “¡mi amor, tú sabes que te quiero. ¡No sabes la alegría que estoy sintiendo!”

Entonces entendí la insistencia de Pedro en lucir lo mejor posible: él la estaba esperando. Ella lo estaba buscando. Dos horas más tarde Pedro partió hacia la eternidad.

¡Dichoso aquel que en su hora final observa “NO PIENSO EN NADA” y su espíritu se anega de alegría y de amor!

Ha pasado mucho tiempo desde todos esos acontecimientos que hoy he recreado. He vuelto a reflexionar sobre los versos de Gustavo Adolfo Bécquer y me miro en el espejo consciente de lo que entrañan las ideas de Bécquer y las historias  reales de mis amigos. Francamente, antes de que ellos me contaran de sus formas de confrontar la existencia, yo ya contestaba la pregunta:

— “¿Cuál es la clave? Como lo que mata es el estrés, YO…”

—”¡NO PIENSO EN NADA!”

©Dante A. Rodríguez Sosa