Por Edelmiro J. Rodríguez Sosa

Mangas Verdes, el Gallo y Harry tenían preparado el Júa* para soltarlo tan pronto terminara la misa del Sábado de Gloria.

Se habían esmerado en preparar el muñeco que representaría a Judas Iscariote. Consiguieron unos pantalones raídos y una camisa de mangas largas y las rellenaron de paja seca. La cabeza la prepararon con un pedazo de tela que también rellenaron de paja seca. Le dibujaron unos ojos, nariz y boca grotescos. Finalmente le colgaron unos zapatos del ruedo del pantalón.

Todo estaba preparado para continuar con la tradición que habían heredado de sus ancestros.

Algo estaba mal, comentaron ellos. Era Sábado de Gloria y no había mucha gente en el pueblo. Tampoco había caballos amarados a lo largo de la carretera que conduce de Las Marías a la entrada del pueblo. Uno de esos caballos lo “tomarían prestado” para montar al Júa, como hacían cada año. Solo había uno que otro muchacho con sus varas de amapola para azotar el caballo y hacerlo correr por las calles con el Júa a cuestas.

Era el Sábado de Gloria del año 1956. Como los tres amigos no iban a la iglesia no se habían enterado que ya no se cantaría el canto de Gloria ni que Pepe el ciego repicaría las campanas a eso de las diez de la mañana. Ahora, por un decreto del año anterior expedido por el Papa Pío XII se celebraría la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo en horas de la noche por ser más a fin con la realidad bíblica. Tampoco se habían enterado que el Sábado de Gloria ya no se llamaría así. De ese momento en adelante se le llamaría Sábado Santo, día en que Jesús yació en la tumba.

Magas Verdes, El Gallo y Harry estaban desconcertados. Tenían su mejor Júa preparado y no podía pasearlo por el pueblo montado en brioso corcel. Intuyeron que era el fin de la tradición que ellos consideraban hermosa y que le daba a la gente la oportunidad de descargar su ira contra aquel traidor que había vendido a su maestro, al Dios con nosotros.

Pero, ellos estaban empeñados en soltar su Júa. Consiguieron un automóvil, le amarraron el Júa al parachoques trasero y lo arrastraron por todo el pueblo. Los que vieron al Júa aplaudían delirantemente a los muchachos. Ese fue el último Júa que se vio en Salinas.

©Edelmiro J. Rodriguez Sosa

3 de enero de 2012

*Apócope de Judas, el apóstol que vendió a Jesucristo.