Vivió toda su vida en El Pueblito, allí donde hoy se encuentra el Museo Plaza de los Fundadores que nadie visita,  allí donde comenzó nuestro pueblo.  Unas quince o  veinte humildes residencias de dos aguas apretujadas unas con otras, la suya entre ellas. Precisamente  por la cercanía de las viviendas, todos en el vecindario  conocían la vida de cada cual o como dice el refrán: “sabían de que pata cojeaba el vecino.”

El vendedor de periódicos más viejo que tuvo el pueblo era delgado, negro de piel tostada y aun más  por el sol candente del sur de la isla. Un viudo que para alimentar a sus hijos y luego sus hijastros,  no sólo vendía   El Nuevo Día, El Imparcial y El Mundo[1] , también mataba cerdos y vendía la carne cruda o asada.  Vendía además  las morcillas[2] que preparaba  su joven esposa, experta  en sazonar los cerdos y con una destreza extraordinaria en el arte de preparar estos embutidos.

Eran los días de la “Prera[3]” y había que buscárselas “a como diese lugar”  porque la comprita no era suficiente para alimentar una familia numerosa. Había que trabajar duro para ganarse el pan, por ello  el viejo se levantaba a las cuatro de la madrugada, obligando a los dos  hijastros mayores  a levantarse para ayudar en las faenas diarias. 

Les regaló bicicletas antiguas, rehabilitadas por el mismo y les enseñó  el oficio de distribuir los periódicos entre las residencias del pueblo. Lloviera, tronara o relampagueara[4], tenían que cumplir con el itinerario antes de irse a la escuela.  Los periódicos debían estar frente a las residencias antes de levantarse los moradores de las mismas.

Les enseñó también  el arte de asar lechones en vara. Matar, limpiar y adobar el animal el día anterior;  introducirlo en la vara de boca a rabo y dejarlo  toda la noche colgado en ella.  Levantarse a las cuatro de la madrugada,  preparar la fosa, prender el fuego, enterrar las estacas para aguantar  la vara, cercar  el área con planchas de zinc usadas y luego sentarse a un extremo de la vara para comenzar a dar vueltas  al lechón, entre trago y trago al son de la música del Gran Combo. Esa, era la rutina del viejo. 

A eso de las tres de la tarde, cuando ya el lechón estaba listo había que  sacarlo de la vara, depositarlo en un picador de madera y a machetazo limpio [5] picarlo en pedazos de a cinco, diez, quince y hasta veinte libras según las órdenes recibidas.

El viejo era “más duro que un peñón” y al finalizar la jornada del día sacaba el jarro donde guardaba el dinero y contaba cada centavo que se recogía de las ventas.   Si faltaba algún centavo lo cobraba con azotes a las espaldas de los jovencitos, a quienes decía: -“¡Malagradecidos! Tras que los mantengo también me roban.”  Eran hijos de su esposa, no suyos.  Conoció  a la joven cuando  ella tenía seis hijos aunque solo cuatro de ellos vivían con ella; niños entre los seis a trece años de edad.  No desperdició la oportunidad que se le presentó de casarse  con ella aunque podía ser su padre y tenía tantos hijos.

Aquel  verano, la hija  mayor de su esposa  vino “de allá fuera”[6] y para congraciarse con ella, el viejo la dejó a cargo de las finanzas.  En las noches al contar el dinero, ella decidió hacerlas de “Robin Hood” dando unas cuantas monedas a los jovencitos para que fueran a disfrutar la película en estreno en el teatro de Chuito.  La joven marchó y dejó atrás a unos jovencitos ignorantes a los saqueos del  jarro del viejo que sirvieron para aumentar los azotes  y  terminar con las alegres noches de cine.

El viejo vendía toda la carne y dejaba las patas de los cerdos para su familia.  Sin embargo tenía por costumbre invitar a quienes consideraba los  acaudalados del pueblo para echárselas de riquito.  Los llevaba  al restaurante El Balcón del Capitán donde comían y bebían a cuenta del lucimiento del viejo.

“Luz de la calle y oscuridad de la casa,” decían los vecinos.

Su mejor amigo, don Luis X, visitaba a menudo para tirarse una botella de wiski tras otra con el viejo.

Don Luis X era un borrachín empedernido con un sentido de justica extraordinario.  Se había retirado  del magisterio y ejercía como representante de los maestros del pueblo en función de presidente de la Asociación de Maestros de Puerto Rico.  

De la noche a la mañana, se convirtieron en rivales y fueron muchas las discusiones y altercados por lo que don Luis X consideraba  maltrato. Airado salía de la casa del viejo,  borracho pero como perro con rabia llegaba a su casa furioso.  “Estaba que  echaba chispas”[7] 

Una noche mientras el viejo se fue a parrandear[8] con sus amigos, desapareció su joven esposa.  Buscó y buscó por cada rincón del pueblo.  Vagó por el vecindario preguntando a todos los vecinos.

Parado  bajo el árbol de la esquina del caserío viejo, allí donde don Lalo tenía su carrito de vender dulces, pasaba las noches esperando ver a su amada asomarse por algún rincón.

Desde la ventana de un apartamento en el segundo piso del Residencial  Modesto Cintrón vieron  a la joven madre y sus hijos escondidos entre alegres cortinas de bellos colores, dando gracias a Dios por Luis X.  El viejo murió de amor.

 

©María del C. Guzmán


[1] Antiguos periódicos de Puerto Rico

[2] Embutido de sangre animal y arroz

[3] Ayuda del gobierno federal en forma de una compra por familia.

[4] Nada impedía el suceso

[5] Con golpes de machete

[6] De los Estados Unidos de Norte América

[7] furioso

[8] De fiesta