GraciasEste día de Acción de Gracias me tocó vivir una experiencia de esas que le dejan a una sumida en un estado de agradecimiento integral; de cuerpo, alma y corazón.

Como todos los años, mi hijo mayor nos invitó a comer a su casa, pero en esta ocasión decidí cambiar la ruta que me conduciría desde mi pueblo hasta Rio Grande.

Todo iba “Viento en popa.” Tomé la autopista 52, luego la 30 en dirección hacia Fajardo hasta que vi el rótulo de la carretera número 3 y salí.

Al llegar a Naguabo, me encontré ante una intersección y el único indicio de que me había desviado lo vi Cuando ya había adelantado muchos kilómetros.

Preguntaré más adelante, me propuse, cuando de repente mi vehículo cayó en un cráter y sólo pude elevar una oración pidiendo misericordia de lo alto.

Cuando me repuse del susto, continué mi viaje sin detenerme a inspeccionar el vehículo ya que no había indicio de desperfecto alguno.

Me detuve en la próxima intersección donde se encontraba el único ser humano que había visto en mucho rato.

─¿Para llegar a Rio Grande? Pregunté

Vire aquí, me indicó y prosiguió a detener y dirigir el tránsito vehicular para que yo pudiera realizar el viraje.

Al detenerme, se acercó y señalando el neumático del frente de mi auto me dijo:

No creo que pueda llegar a su destino a menos que me permita cambiar esa goma.

Muy bien, dije sin temor alguno, pero cuando bajó a revisar, me miró y me indicó:

El daño es más grave del que pensé pero no se preocupe porque yo soy mecánico y si me sigue hasta mi taller le reparo el auto.

Es aquí abajito, dijo señalando hacia adelante.

Pues entonces monte el auto y me indica cómo llegar, le contesté aun sin temor alguno.

Llegamos a una casa que reflejaba la sencillez y humildad de sus habitantes.

Me presentó a Violeta, su madre, quien me hizo pasar al balcón de su casa para que la espera no fuese tan larga y agobiante.

Violeta me atendía y de rato en rato iba a la cocina donde preparaba la cena de Acción de Gracias.

Cuando mi hijo llegó, el mecánico le enseñó el daño al vehículo y le explicó lo que había reparado.

Si hubiese seguido hacia Río Grande, no hubiese vivido para contarlo, le dijo.

Violeta nos invitó a quedarnos a participar de la Cena y dar gracias a Dios.

©María del Carmen Guzmán