Amo esos pueblos tristes,

los que existen o imagino,

los que no han nacido,

los que fueron porque ya no existen.

Los amo por su infinita paciencia

ante lo que no florece,

la permanencia de imposibles,

por su costumbre a lo mínimo,

las carencias y más de lo mismo,

pero más los amo por su triste

sonrisa camino a lo incierto,

porque, si se nace, la vida

hay que seguirla pase lo que pase.

Amo sus laceradas calles sin faroles,

sus desvencijadas casas

apenas cobijos sin jardines,

sus inconscientes melancolías

de cualquier cosa que existiera

antes del nacimiento……

fuera lo que fuera,

la rueda que no rueda arrastra la vida.

Pueblos del triste equino

que “le da lo mismo caminar

que estar parado porque todo es igual”,       

de perros flacos con miradas                  

de niño hambriento                         

frente a cristales de confiterías.

Tristes amapolas sin corola,

monótona garúa sin luna,

existencia triste llorando

de noche sola.

 

Carlos Román Ramírez, ene. 2014

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