Salió  a la calle junto a sus dos hermanas. Era tiempo de carnaval y una multitud colmaba las calles. Se distrajo sólo un instante y cuando volvió la mirada al lugar había perdido de vista a sus hermanas. Logró ver la parte trasera del vehículo alejarse calle abajo. Allí iban sus hermanas con su dinero, sus llaves, su teléfono celular…, en fin, todo lo que había guardo en la cartera de una de ellas.

—Ahora si estoy perdida, — gruñó.

—Tendré que esperar aquí hasta que regresen y a saber ¿a qué hora de la madrugada será eso?

Resignada, se sentó en las escalinatas del edificio a esperar.

Las horas pasaban lentas y perezosas y el gentío comenzó a dispersarse.

Ya estaba a punto de claudicar cuando llegó Él y se sentó a su lado como si la conociese de toda la vida.

—Hola, ¿Qué haces aquí? —Preguntó. Su voz delicada, dócil la llevó a contarle su dilema.

—Puedes esperar en mi casa, vivo aquí mismo, le dijo extendiendo su mano para ayudarle a levantarse.

Le miró dudosa.

— ¡No temas!— Exclamó, aún con su mano extendida.

Puso su mano en la de Él y se levantó,  silenciosa… callada.

Aquella mano firme pero dócil le infundió confianza, serenidad, amistad.

Se dejó guiar por la candidez del momento, por la seguridad que le brindaba el roce de aquella mano y el tono de aquella voz.

En su hogar se respiraba paz… armonía. Una melodía celeste se escuchaba en la semi oscuridad de la habitación.

Le ofreció una copa y tomó una para sí.

En lo que pareció una velada corta, se contaron sus vidas, aunque Él parecía conocer la suya aún antes de ella contarla.

Pasada la media noche se despidió para ver si sus hermanas habían regresado.

— Si no han llegado, prométeme que regresarás, le dijo.

—Lo prometo, —le dijo en voz baja, casi en susurro.

Antes de cerrar la puerta tras sí, vio su sonrisa angelical y supo que regresaría…

 

© Maria del Carmen Guzmán