por Edwin Ferrer

Después de una larga jornada bajo el ardiente sol en la hacienda La Isidora un picador de caña se acercó a Chimino Abudabí y le explicó que el capataz le estaba echando mal de ojo.

—Todos los días me levanto cansado y sin ganas de trabajar, el café que me hace Toña me sabe a borras sin aroma y mi machete no quiere cortar la caña. Además cuando cruzo el callejón del pasto del indio siento la llama del jacho Centeno a mis espaldas…

—Consígueme una planta de albaca, una de rudas y dos o tres pastillas de alcanfor—Replicó el espiritista.

El rio Niguas se cubrió de una cortina de vapor que salía de un latón de manteca que hervía con el mejunje que preparó Chimino para que el picador se diera un baño.

Al caer la noche todos los perros satos de barrio Borinquen se aglomeraron en el malecón y comenzaron su ritual de apareamiento, mordiéndose unos a otros por Daysi, la sata de Maximina. Los bares del barrio se encendieron con la música de Peñaranda y de la casita del picador salían unos gritos macabros de pasión.

Temprano de madrugada el picador se levantó con un nuevo ánimo, afiló su machete y se fue a su labor de cortar caña quemada. Caminó por el callejón y en vez de sentir un fuego en sus espaldas, lo arropó un frio húmedo acompañado de unas moscas verdes que le cubrieron sus brazos desde los codos hasta la punta del machete. Corrió hacia La Isidora, se lanzó al lago de Valé y cuando salió, la perrera lo estaba esperando. La policía le puso unas esposas y cuando miró al capataz desde la ventanilla del vehículo, se percató  que tenía un ojo de cristal.

©Edwin Ferrer