A Gloria Gayoso Rodríguez

— ¿Qué sucedió después? —Preguntó mi amiga al pausar la narración sobre el misterioso encuentro que tuve con Él.

Quedé pensativa, preocupada… ¿Podría confiarle la belleza y lo inverosímil de lo sucedido?

— ¡Vamos chica, cuéntame!

Reflexionaba sobre mi amiga, ¿será capaz de guardar el secreto? ¿Un secreto tan íntimo como increíble? Mi amiga es poeta y como poeta al fin no se le pueden confiar cosas del alma porque todo lo convierte en poesía.

—Pero, ¿me vas a dejar así?

—Te insto a que continúes, —me dijo con una dulzura que convencería al más fuerte.

— Bueno, le dije, aquí va:

Mis hermanas habían regresado y por mucho que lo intenté, no pude regresar esa noche. Y pasaron varios días antes que pudiera zafarme de los quehaceres del diario vivir, pero no se escapaba un segundo de mi pensamiento. Recordaba su voz angelical; la confianza que me inspiró; su mano firme y dócil; la música que parecía más un coro celeste de ángeles y querubines que cualquier melodía que haya escuchado jamás.

— ¡Anda chica, me tienes intrigada! ¿Volviste a verle?

— ¡Si, y no me he apartado de su lado desde entonces!

©María del Carmen Guzmán

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