por Edwin Ferrer y Marinín Torregrosa

El día estaba radiante y el cielo despejado, sin siquiera una nube. Dos escritores iban tras las huellas que Ferranto había marcado en sus corazones inquietos. Todas las pisadas grabadas en versos y notas musicales conducían al camposanto de La Isidora, donde al cruzar el Río Nigua, en un desconocido rincón, estaba su última morada. Cuando su nombre brotó de las amarillentas hojas del registro, las melodiosas notas de un violín entonaban un himno y el sonoro cantó del Turpial proclamaba: “Yo soy de allí”.

Uno de los autores llamó a un egregio y al final de la conversación acudió a Petra Lafontaine para que encontrara su tumba. La madama se convirtió en un perro sabueso y comenzó a olfatear hasta conducir a María y a los dos autores al solar 84, el cual estaba cubierto por plantas de lenguas de vacas que bailaban bajo el sol candente una misteriosa danza entre cuentos y poesías. En un instante, Petra se transformó y mil espíritus acudieron a la celebración. Una poetisa entró en trance y comenzó a recitar:

 

Solar 84

 

Entre lápidas frías un sueño eterno
parecías un anhelo tan distante.
Escondido en la bruma del recuerdo
con el solitario rastro de un poema,
y el canto de un ave que desde la tierra late.

Te ofrecías en las hojas verdes
para los cansados pies del sol
sin la sombra de una palma orgullosa,
sin saberlo,
sobre tu polvo caminamos.

No había grama verde,
ni ríos de miel para ungir tu nombre,
ni el soplo enamorado del céfiro cantador
sólo el vuelo del Turpial sobre Borinquén
mientras
una lágrima se le escapa al mes de abril
cuando escucha al hiriente violín…

¡Toñito Ferrer…! ¡Ferranto…!
De este impasible camposanto
nadie puede huir, somos todos de aquí.

 

© Edwin Ferrer y Marinín Torregrosa

©Marinin Torregrosa (poema Rescate al olvido)
24 de abril de 2014.