por Edwin Ferrer

limpiabotasLa calma de La Isidora abrazaba al día con el manto ocre y rojo del atardecer resaltando las garzas que sobrevolaban el Mar Caribe rumbo a sus nidos en el cayo Matías. Precisamente se iniciaba la Noche de San Juan; la noche que Chimino Abudabi dejaba escapar su imaginación y se tiraba tres veces de espaldas al mar en el Bocamar. Eso lo llenaba de fuerza espiritual y quien se le acercaba recibía sus bendiciones.

Un niño se le acercó. Nadie sabía de dónde había venido, quiénes eran sus familiares, dónde estaba su hogar; nada se sabía de aquel misterioso muchacho. Mucha gente pensó que era hijo de Caribe, un mulato grande y fuerte que trabajaba cargando sacos de cemento en una ferretería y que además era boxeador.

La gente se mofaba del niño, que entristecía con desespero cuando escuchaba la palabra “Monki”. Chimino, al verlo cabizbajo sacó una merienda de pan sobao con jamón picado y se la ofreció, pensando que tenía hambre. Él la rechazó y solo le pidió que le echara la bendición. El espiritista sacó un pomo de un saquito que llevaba, se lo pasó en las manitas al niño y comenzó a orar. Contento, el niño corrió hasta el inmenso mar y desapareció en las olas. Muchos pensaron que se había ahogado.

Pasaron los años y un día, mientras Chimino caminaba por la plaza, decidió brillar sus zapatos. Cuando sacó el dinero para pagar, el limpiabotas no le quiso cobrar. En cambio, le paso betún en las manos y le dio las gracias porque la limpiabotas le salvó la vida aquella noche de San Juan y desde ese día jamás Josean Padilla ha dependido del gobierno.

©Edwin Ferrer