por José Manuel Solá

Puede el hombre fabricar las armas de destrucción, los aviones, los tanques de guerra, más terribles que pueda imaginar, disgregar el átomo, exterminar hasta la última mariposa, mutilar los árboles, contaminar la aurora, secar todos los ríos, aún pisar la canción en las gargantas, masacrar aldeas y naciones enteras, prohibir las miradas de amor, envenenar el trigo y el maíz, encadenar al hombre que tenga la osadía de pronunciar una oración y sin embargo… la vida continúa.

Nacerá el sol de un día nuevo y la naturaleza vencerá finalmente, florecerá triunfal entre los escombros. Porque la naturaleza, al igual que la oración, es más poderosa que quienes la destruyen.

Habrá niños nuevos que inventarán nuevas canciones y que descubrirán por si mismos, en libertad, al Dios de la creación, el Dios que sus antepasados desterraron de sus vidas. Y donde quedaron las cenizas y los desiertos áridos del hombre, la vida y las flores y los ríos, inevitablemente, renacerán cantando para esos niños y niñas que tal vez desconocerán el pasado de horrores que provocó la devastación, porque para ellos será un mundo nuevo. Y las miradas se llenarán de luz y las manos se llenarán de pájaros.

La vida no termina, no puede terminar; el hombre de estos tiempos probablemente sí. Pero la vida continúa y aunque nosotros no alcancemos a verlo, los montes se cubrirán con la gloria de Dios: un nuevo amanecer para una nueva historia. Para el amor.

(José Manuel Solá / 25 de junio de 2014)