por Aníbal Colón de La Vega

cristo1Hemos oído hablar del Cristo roto. Es hora de contemplar al Cristo loco, el predicador de un mensaje que es locura para unos, escándalo para otros. El hijo del carpintero dormía a la intemperie, no tenía dónde recostar su cabeza y apenas poseía vestimentas. Se metió en la boca del león, se enfrentó a sacerdotes, escribas y fariseos; habló de raza de víboras y sepulcros blanqueados; desafió a las autoridades civiles y llamó zorro a un político. Armó varios escándalos para preocupación del orden público.

Escogió pescadores como seguidores suyos y se alió a profetas radicales, como Juan. Amó a los pecadores, prostitutas, leprosos, publicanos, cobradores de impuestos. Dijo que las rameras nos precederían en el reino divino. Curó en sábado y defendió a los discípulos que arrancaban espigas de trigo en el día de reposo. Caminaba por los campos y comía donde le sorprendiera el hambre. La emprendió a latigazos contra los mercaderes del templo.

Propuso que entregáramos el manto al que pidiera la túnica. Despreció las riquezas, presentó a los niños como modelos, enalteció la despreocupación de los pájaros y lirios del campo. Predicó las bienaventuranzas como fundamento de la verdadera dicha del hombre. Instruyó sobre el perdón y se opuso a la violencia. Enseñó a no temer a los que pudieran darnos muerte. Nació, vivió y murió en condiciones muy difíciles; y la mayoría de sus partidarios lo abandonó a raíz de la crucifixión. Y existen otras acusaciones que omitimos por razones de brevedad. Según los criterios convencionales y la mentalidad común y corriente, este hombre está un poco desorientado y necesita ayuda urgente.