Después de haber recibido una condena de veinte años, un pastor lo convirtió en padre, hijo y espíritu santo, y cumplió sentencia de cinco. Llegó a la casa y miró su rostro en el espejo adornado con una nueva aureola.

─ ¡Que haya amor en la tierra, que el rio se disuelva en el mar, que el mar en las nubes nos devuelva agua clara para tomar y que germine el pan para sostener los corazones hambrientos del barrio!─ exclamó.

En el templo, con una voz equilibrada dio testimonio.  Su rostro palideció en el altar, casi convertido en bruma. Algunos dieron llamado de milagro.

Al salir se percató como los niños se inyectaban en la esquina y guardó silencio.

Un hombre cayó herido a sus pies y cruzó la calle contraria. Sus viejos amigos lo saludaron y los ignoró.

Su vida latía como un molino alejado y la razón lo convirtió en un mendigo exiliado. Si le preguntaban de su vida, comenzaba con la palabra DIOSITO seguido por:

─ Me sano del pecado, me devolvió la salud, me ha dado  dinero, carro, casa y…

Cuando oscureció, se encerró en su cuarto, se comió un “foot long de Subways” hizo una señal extraña y comenzó  a leer la Biblia bajo el umbral.