por Sergio A. Rodríguez Sosa

 dedicado a los barberos de ayer y de hoy

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Solía mirar con curiosidad  los relojes semejando casitas que colgaban de las paredes de la barbería. Esperaba que se asomara por la ventanita de alguno de ellos un pichoncito contando la hora marcada por las agujas. Al unísono, o unos tras otros, el mecanismo de cada reloj activaba los cucús causando un alboroto que obligaba al silencio.

A la barbería de Tomás Pérez[1] acudía toda clase de persona.  No siempre para recortarse el cabello  o afeitarse la barba, más bien,  para enterarse y comentar noticias, eventos y rumores.  El pequeño recinto se llenaba diariamente de voces, historias y filosofías; unas veces prudentes y otras veces sagaces, que de una forma u otra sacudían el lento acontecer aldeano. Algunos de los clientes parecían gente importante, quizás por su figura portentosa, o por el respeto con que se les escuchaba.

Los temas de conversación era los habituales: el acontecer noticioso, los deportes, los bochinches, los sucesos pueblerinos, y aunque implícitamente vedadas, las discusiones en torno a posturas políticas y teológicas. Aunque poco frecuente, en ocasiones la conversación subía de volumen o estallaba en escandalosas discusiones y risas, no faltando las burlas y relajos de que eran objetos algunos personajes pueblerinos.

Presidiendo el pequeño local, y entre las dos puertas de entrada, estaba el sillón blanco de don Tomás. El tiempo opacó el brillo y esplendor que de seguro tuvo cuando nuevo.  En la pared contigua a  la acera, un mueble con espejo guardaba los instrumentos, toallas y capas propias del oficio.  Sobre el tope del mueble había tijeras, peinillas, navajas, brochas, jabones, polvos y pomadas y enganchada en el marco del espejo una máquina cortapelo eléctrica. Del sillón colgaba el cinturón de cuero usado para aderezar el filo de las navajas. Y frente al espejo, una caja de metal guardaba el dinero de las transacciones diarias.

Una pared  pintada de blanco con un hueco vacío para empotrar un reloj redondo, dividía el local de la barbería en dos espacios.  Ella sostenía tres espejos y las gavetas de los otros dos sillones de la barbería. Estos eran de hierro pintados de gris con tapizado rojo.  A la izquierda colgaba un viejo reloj de metal debajo del cual estaba el lavamanos.   El espacio detrás de la pared fue el estudio fotográfico de Antonio Guerrero, el único fotógrafo profesional del pueblo. Algunas de sus creaciones fotográficas se exhibían en la pared frontal que daba a la calle Muñoz Rivera.

Jorobado[2], apodo nacido de una malformación física, era uno de los barberos.  Solía recortar a los niños.  Su sillón estaba a la derecha del local.  Cuando a un niño le tocaba sufrir el martirio de un recorte, sentaban al chiquitín sobre una tabla de madera que descansaba sobre los brazos del sillón. Una vez allí, el llanto  se tornaba muchas veces en una gritería.  A los chico mayorcitos el barbero le enderezaba o inclinaba la cabeza cada dos segundos para evitar causarles daño.

En la acera junto a la puerta de la derecha Fitito colocaba una mesita donde estibaba ejemplares de los periódicos El Mundo y El Imparcial para la venta. El vendedor de periódicos era un sesentón que padecía de una sordera crónica y que sabía por costumbre el periódico de preferencia de sus clientes. En aquella época, en una comunidad de tres mil quinientos habitantes, usualmente se vendían cien ejemplares diarios. El más que se vendía era El Imparcial, cuya circulación aumentaba el día que se publicaba la lista de premios de la lotería nacional.

Me embelesaba mirando aquellos relojes incrustados en maderas artificiosamente talladas.  Las cadenas que colgaban de algunos de ellos y los péndulos retaban la tentación infantil. El ruido de las navajas al rozar con la bardana daba fin a las tentaciones.  A veces, los tres barberos coincidían en la labor de afilar la navaja inundando el lugar de un sonido rítmico. Ahora, solo los fantasmas que atraviesan los caminos de la memoria recuentan las historias cotidiana de la aldea. Hace tiempo se disipó el chirrido de la aspiradora de estómago negro que inundaba el ambiente a la hora de cerrar la barbería, justo antes de la primera llamada anunciada por el timbre del Teatro Monserrate.

©Sergio A. Rodríguez Sosa

[1] Tomás Pérez nació el 18 de septiembre de 1901 y murió el 13 de febrero de 1994 a la edad de 92 años en Salinas, Puerto Rico. Registro civil, libro de defunciones 1967-1996, año 1994, registro 0252, certificado 12.

[2] No se han identificado los nombres de los barberos a que se refiere este relato.