Yo detesto el ocaso,

prefiero la alborada;

si la vejez no es justa

ni tampoco la muerte.

Llevo un alma de niña

eterna enamorada,

que desdeña lo efímero

de la vida y la suerte.

No quiero el pelo cano,

ni la boca marchita.

todavía conservo

cristalina la risa,

un fulgor que reluce

en la chispa del ojo

y en los labios un fuego

de algún beso que añoro.

Adoro yo el aroma

de las flores tempranas,

el sol que me deslumbra

con su luz de mañana.

Y que no me convenzan

que el partir es sagrado,

que me mudo de traje,

que traspaso de plano.

Yo detesto el ocaso…

Resignada me ato

al decreto del cielo,

al sublime mandato,

pero conste que espero

sólo rosas de mayo.

                                   ©Gloria Gayoso