Un estallido me levantó de la cama. Gritos, ráfagas de explosiones que se sentían cada vez más cerca. Me asomé temerosa por la ventana de la sala y vi como los vecinos estaban todos afuera de sus casas, la muchachería de la barriada corría de un lado de la calle a otro. Una ola de humo se levantaba por encima de los techos de las casas frente a la mía. Se escuchaban gritos, incomprensibles, no podía entender lo que decían, ni de que se trataba aquel revolú. Decidida, agarré el machete que heredé de Moncho y me dispuse a salir con la osadía que el susto entre cuero y carne me impulsaba.

-¡Nos salvaron! Nos rescataron! ¡A la victoria! ¡Somos libres!

¡¿Libres!? ¡Salvos! Solté el machete, abrí el portón y corrí a unirme a la celebración. Me abracé a la vecina que no soporto, al viejo ligón, a la bochinchera bruja y al que me madruga con los ruidos del martillo y la máquina de podar la grama. Bailé con el nene jodón que tira piedras, jugué con cuanto perro sarnoso me ladraba y le besé las manos al que me había gritado hija de la gran puta… Por fin, ¡libres!

Del lado sur de la calle se acercaban camiones, una procesión de soldados y por altavoz un tipo con cabello anaranjado subido a una “tumba coco” gritaba: “EL que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente”.

Alcancé un rollo de papel toalla y me encerré en mi casa a llorar.

©Marinín Torregrosa Sánchez, 10 de agosto de 2020.

Nota aclaratoria: Esto es un cuento. Los hechos no son ciertos, lo único verídico es que poseo y heredé el machete. Lo que digo de mis vecinos es parte de la ficción. Mis respetos a todos.