La mayoría de nosotros sabe leer partes noticiosos, subtítulos en español e inglés (hay quienes se consideran políglotas y lo pregonan a los 4 vientos) y otros, los más espirituales, dicen saber leer la mano, los caracoles, el Tarot y el iris. Muchos leen la clave Morse, las señales de humo y el lenguaje corporal. Hay quienes juran saber leer el pensamiento y hasta hay quienes hacen alardes de leer las estrellas y las señales de los tiempos.

En otras palabras, hay entre nosotros, lo hagan público o lo mantengan en privado, gente educadísima en muchas ramas del saber. Pero sólo un puñado sabe leer Literatura, y microrrelatos, ya esos son otros 20 pesos.

Les voy a dar un ejemplo de lo que digo.

En 1999, cuando apareció mi primer libro de relatos (Cuentos del solar…), me hallaba en una barbería en el barrio hispano de Philadelphia, donde me recortaba habitualmente, cuando noto a un individuo leyendo el libro, precisamente en un cuento no del todo católico ni evangélico y muchisísimo menos Pentecostal.

―Yo no sé por qué la mujer mía compró esta porquería ―le escuché decir al susodicho.

No recuerdo qué le comentó el que estaba a su lado. Pero yo lo interrogué.

― ¿Por qué dice usted eso?

―El que escribió este libro es un boquisucio ―me contestó.

Por obvias razones no me identifiqué y él prosiguió con su discurso, haciendo alardes de un florido lenguaje arrabalero que hizo del tono en que escribí el cuento que provocó su molestia con el libro, una insípida charla entre conocidos:

Por suerte lo llamaron a la silla barbera y eso lo apaciguó un poco.

Cuando me senté en la misma silla donde, minutos antes, estuvo él, el barbero, casi ahogándome con el paño protector, me dijo:

―Chúpese esa, don Cari.

El relato al que se refería mi lector en la barbería se titula “This barrio is Fuck-Up, don”, escrito en Spanglish a manera de monólogo, narrado por un muchacho que no habla bien ninguno de los dos idiomas.

Este personaje fronterizo, confundido en su propia identidad y los valores heredados de sus progenitores, recurre a la palabra soez y al lirismo característico del hablar callejero, para comunicar a un periodista imaginario la problemática en que se debate aquella comunidad sin brújula ni puntas de lanza.

La voz narrativa en aquel monólogo desgarrador no era yo, sino el joven al que hago referencia. Pero ante los ojos de mi lector en la barbería, aquel, el que hablaba en mi cuento, era yo, cuando yo, para los efectos del relato, era el periodista que en todo el cuento no dijo ni “Esta boca es mía”.

Mi lector no entendió eso porque, al igual que muchos de nosotros, no sabe leer Literatura. Tampoco entendió la protesta y la denuncia plasmadas en el cuento porque, al no saber leer Literatura, se le pasó el mensaje contenido en el texto.

Yo, fungiendo de libretista, imagino que mi lector, psicológicamente, asumió una actitud defensiva, acomodaticia, ante el problema planteado y la denuncia plasmada en el cuento, por lo que prefirió tomar la tangente, coger la juyilanga, para cortar la soga por lo más fino.

Casi siempre, cuando no queremos comprometernos, cuando no queremos tomar posición respecto a algo, buscamos un asidero para intentar crear una cortina de humo que nos exima del compromiso.

Para saber leer Literatura no basta con conocer el abecedario ni tener un léxico abultado. Hay que saber reconocer las voces en el texto, lo que se dice y lo que se sugiere. Saber discernir el mensaje o los mensajes y reconocer, creo que es en eso donde radica ese analfabetismo literario del que les hablo, que las palabras no son ni buenas ni malas, sino una representación sonora y afectiva marcada, casi siempre, por nuestra experiencia léxica y cultural.

©© Josué Santiago de la Cuz

Foto: Escuela de lectores