DON RAFA*

Estas Décimas a don Rafa son para ti, Dante.


En Talas Viejas tenía
Don Rafa aquel cafetín
Que era el motivo y su fin
El relajar todo el día.
Así vivió la alegría
Y a todos nos educó,
Quise decir, enchumbó,
Con agua de arriba abajo,
Aquel viejo que el relajo
Parece que lo inventó.
II
Pitando no llega el viento,
Así don Rafa decía,
Pero luego la porfía
La incorporaba a su cuento.
Cuando el gentío, contento,
Su relato le seguía
Y el agua siempre corría
En pos de los parroquianos
Que comenzaban, temprano,
A invadir su estantería.
III
Debajo del mostrador
Guardaba su artillería
Que con regia puntería
Nos ahuyentaba el calor.
A veces, adulador,
Nos llamaba, con dulzura,
Y era entonces su diablura,
Su espíritu instigador,
Que nos causaba el dolor
De caer en su locura.
IV
Entre Melín y Melamba,
Muchas veces él decía
Y la cosa se ponía
A nivel de bojiganga,
Pues don Rafa era la changa,
Era jodón con cojones,
Nos mojaba los calzones
Los libros y las camisas
Y con su habitual sonrisa
Nos recitaba sermones.
V
Pitando no llega el viento,
Pero se acerca la brisa,
De esa manera la liza
Verbal y con aspavientos
La seguía, bien contento,
Y nosotros, igualmente,
Continuábamos, de frente,
Como el toro de De Diego
Y don Rafa, bien gallego,
Nos enchumbaba, inclemente.
VI
A De Diego recitaba,
Con asombrosa maestría,
Igual de antropología
Con frecuencia nos hablaba.
El la ciencia dominaba,
También de Literatura
Y cuando estaba en la altura
De lírica inspiración,
Causaba una irradiación
De incomparable hermosura.
VII
Un día nos dijo adiós
Para siempre y se nos fue
Y recuerdo que lloré,
Como mi Barrio lloró.
Don Rafa fue un semidiós,
Nuestro eterno trovador,
Fue la voz y el traductor
De la alegría más sana,
La que todo lo engalana
Con el señor Buen Humor.

JSC

*Rafael Santiago fue un comerciante que vivió en Talas Viejas en el siglo 20. Su colmado estaba localizado en la calle Virtud, esquina San Miguel, oeste, a pasos de las escuelas Román Baldorioty de Castro y Luis Muñoz Rivera de Salinas. Estudiantes de dichas escuelas frecuentaban su negocio para merendar comprando dos chavos de pan con mantequilla, a los que, entre garatas y griterías, solía rociar con agua.